La autoestima no se construye únicamente a partir de logros o fracasos personales. La forma en que nos miramos, nos tratamos y nos hablamos suele tener raíces mucho más antiguas.
Desde pequeños aprendemos quiénes somos a través de la mirada de los demás. La familia, de forma consciente o no, transmite mensajes sobre el valor, el lugar y el merecimiento. Algunos se dicen con palabras, otros con gestos, ausencias o expectativas.
Por eso, muchas dificultades con la autoestima no se resuelven simplemente “pensando en positivo”. Requieren mirar de dónde nace esa exigencia, esa culpa o esa sensación de no ser suficiente.
Desde una mirada sistémica, fortalecer la autoestima no significa inflarse, sino ocupar el propio lugar. Reconocer la historia, honrar lo que fue y permitirnos ser quienes somos hoy, sin cargar con lo que no nos corresponde.