Las heridas de la infancia pueden seguir presentes en nuestra forma de amar, relacionarnos y protegernos. Descubre cómo las experiencias tempranas pueden convertirse en patrones adultos.
«Todas las familias felices se parecen unas a otras pero cada familia desgraciada lo es a su manera». Esta es la frase con la que León Tolstói abre su novela Anna Karenina. La felicidad muestra paz y una sonrisa. La desgracia tiene múltiples caras. Quizá tu infancia no estuvo marcada por un acontecimiento terrible. Quizá no hubo violencia, abandono o un accidente que puedas señalar con precisión. Pero eso no significa que no hubiera heridas.
El psiquiatra Gabor Maté utiliza la expresión small-t trauma —trauma con t minúscula— para referirse a heridas que se producen cuando las necesidades emocionales de un niño no son suficientemente atendidas. Lo que causa el trauma cuando somos niños es que lo que ocurre es tan sobrecogedor, que no podemos manejarlo. Es demasiado grande, demasiado pronto. Un niño necesita ser amado, necesita ser aceptado por quien es, necesita sentir conexión. Le gustaría ser auténtico, pero no puede. Sus necesidades emocionales no son satisfechas y eso eso puede convertirse en un trauma para él.
Esto no significa que cualquier dificultad en la infancia sea un trauma. La adversidad infantil va de severa a suave, pero algo sí sabemos, que una infancia difícil tiene consecuencias muchos años después de que la infancia haya terminado.
El niño, siente por dentro “no me atienden, no sé por qué. No soy aceptado. Me siento solo”. Esa soledad le provoca miedo y se pone a la defensiva. Son niños que se sienten totalmente solos en el mundo.
El psiquiatra Tim Fletcher estima que el 80% de las personas tienen este tipo de trauma. Pero no lo consideran trauma porque lo que les pasó no fue algo traumático, terrible. Pero este “pequeño” trauma afecta al sistema nervioso tanto como el gran trauma.
Cuando esa situación se prolonga en el tiempo, lo que le pasa al niño es que no puede aplicar las estrategias de luchar o huir, porque necesita a esas personas adultas en su vida, para que satisfagan, en la medida en que lo hagan, esas otras necesidades. Es muy pequeño para luchar y para huir, así que se congela. No puede escapar del mundo exterior, así que se escapa a su mundo interior donde puede sentirse seguro.
El niño tiene que vivir con sus padres o adultos, que no le miran o no le escuchan, y como estrategia para que cubran sus necesidades, no ve más camino que obedecer a los adultos o fingir. Así que va aprendiendo cómo va a conseguir lo que necesita. Los niños aprenden a llevar máscaras, en función de cuál les funciona mejor, a complacer a la gente, aprenden a ser sensibles a las creencias y necesidades de otros, a sus estados de humor y piensan, “bueno, si yo les cuido, quizá ellos me cuiden a mí”. Así que el niño se adapta de cien maneras diferentes, para convertirse en lo que otros quieren, para tratar de que le quieran y que no le hagan más daño. Es una adaptación tras otra con el objetivo de sobrevivir.
El problema de estas adaptaciones es que los resultados aparecen 20, 30 años más tarde. Ya no eres aquel niño. Ya no estás en esa casa, pero sigues reaccionando igual. Todo en tu vida se ve afectado negativamente y esa es la tragedia del trauma, que afecta a todo.
El niño se siente en peligro siempre. Entonces se pone en alerta y si el cortisol (la hormona del estrés) aparece a menudo, empieza a dañar su cerebro. “Entre el hemisferio izquierdo y el derecho, hay una parte del cerebro, denominada cuerpo calloso, que une esas dos partes. El cortisol empieza a erosionar ese puente” afirma Tim Fletcher.
«Partes de esos recuerdos, los datos y los detalles, quedan almacenados en el lóbulo izquierdo, y parte, las emociones, en el lóbulo derecho. Y el cuerpo calloso permite que los detalles y las emociones estén conectados. Si tienes una emoción, te conecta con los detalles. Si el puente ha desaparecido, lo que ocurre es que tienes lagunas de memoria pero de repente, puedes tener una reacción emocional desproporcionada pero no tienes ni idea, de dónde viene. O puedes recordar un montón de detalles sobre lo que sucedió o puedes expresarlo, por ejemplo, fui violada, pero con cero emociones, porque no hay conexión. Así que mucha gente con trauma complejo lucha conlagunas de memoria, flashes emocionales, o tienen muchos detalles pero sin emoción.
Cuando el cortisol baja y la persona se siente segura, el cuerpo calloso puede volver a restaurarse y entonces, algunos recuerdos pueden volver y lo que necesitas entonces es una terapia que te ayude con eso” concluye Fletcher.
Esto se relaciona con lo que en Análisis Transaccional se denomina que “el Estado Niño ocupa mucho lugar en tu vida”. En otras palabras, el Estado Niño se vincula con las emociones y lo quesentimos determina las decisiones que tomamos en el día a día. Ya de adultos, lo deseable sería que el Estado Adulto gobernara nuestras decisiones atendiendo a las circunstancias y al momento presente. Por poner un ejemplo sencillo, que a la hora de elegir un coche, pensemos en criterios de uso habitual, gasto en combustible, ocupantes, en este momento y no nos dejemos llevar por la emoción intensa que nos provoca el deportivo rojo con el que soñaba (o igualito que el coche de juguete con el que hacía carreras de niño).
Fisiológicamente, el tronco cerebral es la primera parte del cerebro que se desarrolla y gobierna las funciones automáticas: la respiración, tu pulso, los latidos de tu corazón, tu digestión, tu presión arterial, etc. Es lo que te mantiene vivo. Sobre ese tronco cerebral se desarrolla el sistema límbico. Es el cerebro “primitivo”, dicho de manera simplificada. Es el sistema de supervivencia, es tu centro emocional. Y sobre ese cerebro límbico está el cortex. Es el cerebro adulto, el cerebro que decide y piensa a largo plazo.
Cuando te sientes en peligro, el miedo activa tu cerebro límbico, el de los impulsos. Y cuando se activa, el niño toma decisiones basándose en cómo me voy a sentir. ¿Me va a dar gratificación instantánea? El niño elige lo que le apetece en ese momento, no puede pensar a largo plazo. El cerebro límbico no está para eso. Si le dices a un niño que haga sus deberes, responde, “no me apetece”. Es una respuesta emocional. Responde al momento presente, al ahora. Ahora no me apetece. Las decisiones están basadas en el corto plazo porque solo piensan en gratificación instantánea. “Lo quiero ya”. Un niño no entiende que tiene que esperar.
Después, cuando nos hacemos adultos, el cortex se desarrolla y empieza a pensar a largo plazo. Empezamos a tomar decisiones basadas en lo bueno o saludable que será lo que hagamos, a largo plazo.
Si un niño tiene trauma complejo, su cerebro no se desarrolla adecuadamente, y continúa siendo controlado por el sistema límbico, incluso en su vida adulta, por la gratificación instantánea y el pensamiento impulsivo, que es guiado por cómo se sienten. Entonces, el cerebro límbico se convierte en un problema porque nos mantiene anclados en un estado de inmadurez emocional. Además, cuando el sistema de stress se activa y se genera el cortisol, se apaga el cortex cerebral y no podemos pensar con claridad.
Somos mamíferos. Necesitamos sentir amor, contacto físico. Esta es la forma primaria de ser feliz. Los niños son auténticos, aman incondicionalmente y a veces, son rechazados, juzgados y castigados. ¿Qué aprenden entonces? Que la autenticidad provoca rechazo. Si la autenticidad no lleva a la conexión sino al dolor, empiezan las máscaras.
Es importante entender que la autenticidad solo lleva a la conexión con personas seguras. En su mundo, la autenticidad con personas no seguras es lo que conduce al dolor. Pero en su mente, ellos asocian que la autenticidad siempre es mala. No seas auténtico, no confíes. Así, todos sus instintos naturales se cortan. Y esa es su programación subconsciente.
“Mamá es mala conmigo. Supongo que no soy buena persona”. “Papá siempre está en el trabajo, no viene a casa. Su trabajo será más importante que yo”. Así que pensamos que es culpa nuestra por no ser suficientes. Empezamos a dudar de nosotros mismos, dejamos de amarnos y nos plegamos a las necesidades del otro con la esperanza de obtener su amor, aunque sean migajas.
Te cuesta decir que no.
Necesitas agradar
Te cuesta confiar
Sientes que tienes que demostrar tu valor
Te cuesta recibir amor
Tienes miedo de que te abandonen
Te adaptas demasiado a las necesidades de los demás.
Sanar no es cambiar lo que pasó. Eso es imposible. Tampoco significa culpar a tus padres por todo lo que te sucede hoy. Tus padres hicieron lo que pudieron en sus circunstancias. Lo que sí puedes hacer hoy es mirar lo que aprendiste entonces y preguntarte si todavía necesitas vivir de esa manera.
Quizá de niña necesitabas agradar para sentirte querida y reprimiste tu rabia. Quizá de niño, callarte te protegía, quizá no pudiste mostrar tus sentimientos o tus lágrimas. Hoy ese silencio puede estar dañando tus relaciones.
Puedes preguntarte ¿qué aprendí que tenía que hacer para que me quisieran?
¿Qué cambiaría si dejara de hacerlo?
Lynda1493 says:
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