Trauma y cómo afecta al cuerpo y al sistema nervioso

Trauma es lo que pasa dentro de ti a consecuencia de lo que te ocurrió

Si a la mayoría de nosotros nos hubieran preguntado hace unos años si teníamos un trauma habríamos dicho que no. “Hubo cosas muy difíciles, pero de ahí a considerarlo trauma…” sería una respuesta habitual. Pero en realidad, casi todos hemos sufrido un trauma o varios y la razón por la que no se reconoce, es porque seguimos apegados a la antigua definición de trauma.

El psiquiatra húngaro Gabor Maté, explica que seguimos asociando el trauma a acontecimientos extremos: una guerra, un accidente, una violación, la pérdida de un ser querido… Eso es lo que Maté llama Trauma con T mayúscula. 

Más adelante se consideró que el trauma no era sólo la experiencia difícil que viviste, sino cómo interpretas lo que te sucedió. En el ejemplo clásico de bebé separado de su madre, el bebé lo vive como un trauma de abandono (porque el niño no tiene conciencia del tiempo transcurrido), aunque para los adultos sea una breve separación temporal en la que el niño no careció de nada necesario. Eso son definiciones algo antiguas.

Lo novedoso que introduce el dr. Maté, que vivió personalmente una situación de abandono cuando era un bebé de 11 meses, es que tú puedes estar herido sin necesidad de eventos catastróficos. Maté incluye también como trauma, con t minúscula, el hecho de que las necesidades básicas de un niño (contacto, seguridad, alimento, validación, etc) no fueron cubiertas. Un acontecimiento puede ser objetivamente muy grave y no producir la misma respuesta en todas las personas. Y, al contrario, determinadas experiencias aparentemente pequeñas pueden tener consecuencias profundas cuando ocurren en momentos de especial vulnerabilidad, especialmente durante la infancia.

Porque el trauma no es sólo lo que te ocurrió, sino lo que pasó en tu cuerpo a consecuencia de lo que te sucedió

Hay que entender que el trauma es un espectro, de muy severo a muy suave, pero que todo resulta en congelación y malas adaptaciones, que afectan al sistema nervioso de manera similar. Todo en tu vida se ve afectado negativamente y esa es la tragedia del trauma, que afecta a todo.

El trauma no es algo que te pasó hace mucho tiempo. El trauma es lo que te pasa hoy, a consecuencia del hecho violento que sufriste, y te sigue pasando porque el trauma está vivo en el presente, dentro de tu cuerpo. El trauma modifica tu fisiología. 

La palabra trauma proviene del griego herida. Así que el trauma es la herida que tú sostienes y no es sólo física. Es también una herida interna psicológica. 

Trauma es, por tanto, lo que ocurre en ti, en tu cuerpo, en tu sistema nervioso y en tu psique a consecuencia del hecho traumático.

Efectos del trauma a nivel físico

Cuando sentimos un peligro que nos amenaza, el sistema nervioso simpático se pone en marcha y el cuerpo moviliza una cantidad enorme de energía como respuesta. El cuerpo dispone al momento de los recursos necesarios para afrontar un peligro: las pupilas se dilatan para ver mejor, el ritmo cardiaco y la respiración se aceleran para que podamos correr, luchar o escondernos. Se libera glucosa al torrente sanguíneo para que nuestras células dispongan de más energía y la sangre se desplaza de los órganos internos a las extremidades para que podamos movernos con rapidez y suben la adrenalina y el cortisol. 

Lo primero que se ve afectado por el trauma a nivel físico es el sistema nervioso. Nuestro sistema nervioso se compone de dos partes complementarias: el sistema simpático, que gobierna la respuesta de lucha o huida ante una situación de stress y el sistema parasimpático, que gobierna la calma y la digestión. Sin embargo, durante un episodio de stress abrumador, el cuerpo puede entrar en un estado mixto. Por un lado, el cuerpo se prepara para la acción, pero cuando ve que no es posible escapar o pelear, o que esas opciones son ineficaces, interviene el sistema parasimpático, que lleva a una respuesta de “apagado”, es decir, de “hacerse el muerto”.

En el sistema nervioso parasimpático, el nervio vago juega un papel esencial e influye en un amplio espectro de funciones corporales. Podríamos decir que el nervio vago es la autopista de comunicación del cerebro con los órganos vitales del cuerpo. El vago es el nervio craneal más largo del cuerpo, que sale desde el tronco encefálico del cerebro, pasa por el cuello y atraviesa el corazón, los pulmones y el sistema digestivo, estómago, intestinos…

Lo que hace extraordinario a este nervio es que no solo gobierna la calma sino que también apoya la curación, la función inmunológica y la conservación de la energía, ayudando al cuerpo a reparar y mantener los procesos esenciales. Es decir, ralentiza la frecuencia cardíaca cuando estás tranquilo, activa los procesos digestivos después de las comidas, regula las respuestas inmunitarias e incluso regula tu estado de ánimo.

El dato sorprendente es que el 80% de las fibras del nervio vago transportan información hacia el cerebro, no del cerebro a los órganos. Esto tiene su lógica si pensamos que el cerebro necesita información actualizada de lo que ocurre en el cuerpo, para actuar en consecuencia. El nervio vago es entonces el vehículo que utiliza el cuerpo para informar al cerebro de cómo se siente.

El neurocientífico estadounidense Stephen Porges, (The polyvagal theory) fue más allá de la división clásica entre sistema nervioso simpático y parasimpático y defendió que el sistema nervioso autónomo posee tres circuitos principales, organizados evolutivamente, que se activan dependiendo de si nuestro cerebro percibe que estamos seguros o en peligro. Es decir, que el sistema nervioso evalúa continuamente el entorno sin que seamos conscientes de ello. A este proceso lo llamó neurocepción.

Atendiendo a sus funciones y fisiología, y simplificando mucho, Porges estableció tres circuitos: el estado simpático (que gobierna la estrategia de lucha o huida) y el simpático lo separó en dos:

el nervio vagal ventral, que atraviesa el vientre, regula el estado de seguridad y la sociabilidad. Con este estado activo, te sientes tranquilo, seguro, presente y conectado con la personas.

el nervio vagal dorsal (que va por detrás del corazón, por las dorsales) Cuando luchar o escapar es imposible, el organismo utiliza un mecanismo muchísimo más antiguo, la “congelación”.  Aquí aparece la apatía, la fatiga intensa, el embotamiento emocional, llegando hasta el extremo de colapsar, desmayarse o incluso no sentir dolor.

Este estado explica muchas respuestas observadas durante abusos sexuales en los que la víctima puede quedarse paralizada. No es algo consciente, es que su sistema nervioso considera que ninguna otra estrategia le permitirá sobrevivir. 

Este cierre del nervio vago dorsal puede durar unos días o meses y a veces se resuelve a medida que el individuo procesa el acontecimiento y recupera el equilibrio emocional y fisiológico. Pero otras veces, si el estrés se prolonga en el tiempo, (en entornos violentos o abusos repetidos) se llega a lo que los médicos denominan estado de hipoexcitación y si ese cierre persiste, afecta tanto a la salud física como mental. 

El cierre vagal dorsal crónico se convierte así en un síntoma de trauma no resuelto. Si bien el cierre temporal es un mecanismo de protección, el cierre crónico señala una profunda interrupción de la capacidad del cuerpo y la mente de manejar el stress y recuperarse de él. Hay que entender también que nadie permanece todo el día en un único estado, sino que va variando. 

Y cuanto más pequeño es el niño que sufre el trauma, más profundamente se organiza su sistema nervioso alrededor del peligro. Por eso Porges afirma que el trauma no consiste sólo en lo que ocurrió a alguien sino en cómo queda organizado su sistema nervioso, teoría que recogieron posteriormente autores como Bessel van der Kolk o Peter Levine.

Su legado principal es demostrar que la sensación de seguridad no es sólo un estado psicológico, sino una condición neurofisiológica que determina cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos con los demás.

¿Qué síntomas indican que tengo un trauma por sanar?

Cuando el cuerpo cambia al modo de “ahorro de energía”, en general, el pensamiento, el movimiento y el procesamiento emocional, se ralentizan, se vuelven lentos. Entre los síntomas concretos del cierre crónico del nervio vagal dorsal se incluyen los siguientes: (esto no significa necesariamente que tengas trauma.  Tu dolencia puede ser debida a múltiples causas. Ante cualquier síntoma físico, por favor, acude a tu médico, que es el profesional cualificado para tratarlos). 

  • uncheckedPoca variación entre las pulsaciones en reposo o tras un esfuerzo intenso.
  • uncheckedFatiga o poca energía vital, que a veces se confunde con pereza o falta de esfuerzo.
  • uncheckedDisociación
  • uncheckedLenta cicatrización de heridas. Por ejemplo, 10-12 días en vez de los 7 habituales.
  • uncheckedNiebla mental
  • uncheckedDiabetes o “bajones” de azúcar.
  • uncheckedProblemas digestivos (hinchazón, pesadez después de comer…)
  • uncheckedInflamación crónica

Existe bastante evidencia de que el maltrato infantil o experiencias adversas se asocian posteriormente con una alteración duradera de la regulación inmunitaria, aunque se centran sobre todo en las consecuencias del estrés, no específicamente en el trauma. Respecto a la inflamación, el trabajo del dr. Kevin Tracey (The great nerve) demostró que el nervio vago también participa en la regulación de la respuesta inmunitaria y la inflamación. 

¿Cómo contribuyen las constelaciones familiares a sanar el trauma?

Abordar el trauma es un asunto muy complejo porque el trauma afecta a todas las áreas de nuestra vida, desde la salud física y mental, nuestras relaciones e incluso nuestro éxito profesional. Y algo en lo que están de acuerdo los expertos es que el trauma no se resuelve simplemente hablando. La terapia tradicional de conversar, aunque es valiosa, se centra en el cerebro racional. Y el cuerpo necesita gestionar las emociones y completar las respuestas defensivas que quedaron interrumpidas, es decir, “saber” que el peligro terminó.

En constelaciones familiares se aborda el hecho traumático de distintas maneras. Desde constelaciones cuánticas, donde sólo se representa a la persona y el grupo está a disposición del campo y cada persona sale cuando se siente impulsada a ello, hasta ejercicios de dos personas representando mi trauma y yo. El psicoterapeuta alemán, dr. Franz Ruppert, (Trauma, miedo y amor) ha desarrollado un sistema propio basado en las constelaciones familiares donde trabaja con la intención del paciente en ese momento y que denomina “constelación de la intención”. De este modo, protege al cliente del peligro de sobrepasarse emocionalmente y traumatizarse de nuevo durante la terapia.

Todos son válidos y necesarios porque muestran diferentes partes de la persona, conscientes e inconscientes, y de las circunstancias que componen su trauma. En la práctica de constelaciones observamos que existe también un origen sistémico, es decir, que algún antepasado de nuestra familia vivió algo similar. 

Si es la primera vez que vas a hacer una constelación familiar, elige bien a quien te va a constelar y confía en su saber hacer. Si ya tienes experiencia con las constelaciones, puedes ir explorando constelaciones más enfocadas en los síntomas o hacer ejercicios. Temas tan complejos como los traumas no se resuelven en una sola constelación. De hecho, se necesitan varias, distanciadas en el tiempo, y combinadas con otras terapias. 

A nivel práctico, he comprobado que cuanto más preciso es el tema que planteas al empezar la constelación, el campo muestra con mayor precisión dónde se encuentra el bloqueo y eso permite sanarlo. Es como si las palabras adecuadas fueran un láser de precisión que va directo al asunto central. Bert Hellinger decía que había que exponer el tema a constelar en un máximo de tres frases. Por ejemplo, es mucho más efectivo constelar mi nervio vago dorsal o uno de los síntomas mencionados anteriormente, el que más te preocupe, que dejar el tema muy abierto.

Si has llegado hasta aquí y aún tienes dudas de si algo que viviste pudo suponer un trauma cuando eras niño por ejemplo, y ya conoces las constelaciones, puedes representar tú mismo a tu nervio vago dorsal, si estás centrado y en tu adulto. Estar centrado es muy importante. No tienes que hacer nada más, sólo sentir si está normal o “congelado” o rígido. Eso te dará la suficiente información. Es decisión tuya si después quieres buscar alguna terapia o no ha llegado el momento. Es importante también respetar los tiempos de cada uno. 

Un ejercicio sistémico: mi trauma y el Sí

Si ya tienes experiencia en representar, puedes empezar por el ejercicio Mi trauma y el Sí. Este es un nivel avanzado. 

Aceptar lo que hay es el primer paso para sanarlo. Se trata de aceptar lo que pasó. Así fue. 

Escoge dos lugares, ponte primero en el Sí. Puedes sentir que tu Sí está ahí, esperándote, mirándote con amor quizá. Cuando tú puedas, parece decir. 

Cambia y ponte en el lugar del trauma. Tu trauma puede adoptar muchas formas. Quizá esté paralizado, o triste, o sienta un profundo dolor o rabia… o no pueda levantar la mirada… Dale tiempo. 

Puede ser suficiente un solo movimiento, puede que necesites más. Puedes parar cuando lo sientas así porque rendirse no es fácil. Puedes repetir el ejercicio dejando pasar unos días.

El objetivo es fusionarse con el sí, pero a veces no es posible hacerlo de una sola vez. Eso da lugar a la transformación del trauma. Pasa de ser un hecho que ocurrió a ser una parte de la persona, una parte integrada. Puedes sentir quizá que necesitas dejar salir todo ese dolor o esa rabia. O quizá sientas la felicidad de esa parte de tu psique que deja de estar disociada y por fin es reconocida. 

Cuéntame cómo lo viviste tú. Me gustaría leer tus comentarios. 

¿Necesitas una última razón para constelarlo? No tengas miedo.

El amor que buscas está en la herida.

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Isabel Comps

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